Hace siglos, en las montañas del centro de Colombia, en lo que hoy conocemos como el Eje Cafetero, vivía el pueblo Quimbaya. Eran orfebres del oro, cultivadores de la tierra y guardianes de un saber ancestral que los unía al agua, al sol y a la montaña.
Entre ellos vivía Yanuba, hija del cacique Tucurumbí. Cuentan que su belleza era serena, como la luz de la tarde sobre los valles, y que su espíritu era libre como el viento que recorre las cordilleras.
Un día, Yanuba conoció a un joven indígena de origen humilde, y entre ellos nació un amor sincero, sin títulos ni riquezas. Pero el cacique Tucurumbí no aceptó esa unión. Para él, el destino de su hija estaba escrito de otra manera.
Dividida entre el deber y el corazón, Yanuba subió una tarde a lo alto de la montaña. El sol empezaba a caer y el cielo se teñía de dorado. Allí, en el instante en que el día se despide, desapareció.